Ministerio Evangelístico Y Misionero; "Evangelismo Bajo Fuego"

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Éxodo 24

Moisés estaba a punto de recibir de Dios el modelo divino para el tabernáculo y el sacerdocio. Siempre que Dios nos llama a realizar un trabajo, nos da los planes y espera que sigamos su voluntad. El ministerio no se logra al tratar nosotros de inventar maneras de servir a Dios, sino al buscar su voluntad y obedecerlo (Is 8.20).

I. Confirmación del pacto (24.1–8)

Antes de que Moisés y los líderes de la nación pudieran ascender al monte para encontrarse con Dios, el pueblo tenía que entrar en una relación de pacto con Dios. Moisés le dijo al pueblo la Palabra de Dios y ellos acordaron obedecerla. ¡Qué poco comprendían sus corazones! Debían haber dicho: «Con la ayuda del Señor, obedeceremos su ley». A las pocas semanas la nación estaría adorando un ídolo y violando cada ley que habían acordado obedecer.

El pacto se confirmó con sacrificios y el rociamiento de sangre sobre el Libro de la Ley y sobre el pueblo que acordó obedecerlo. Las doce piedras del altar representaban las doce tribus de Israel, indicando que cada tribu se comprometía a obedecer la voz de Dios. La sangre sobre el altar hablaba del perdón de pecado otorgado por la gracia de Dios, en tanto que la sangre rociada sobre el pueblo los comprometía a una vida de obediencia. Los creyentes de hoy han sido rociados con la sangre de Cristo en un sentido espiritual y están comprometidos a obedecer su voluntad (1 P 1.2).

II. Ven al Señor (24.9–18)

Setenta y cinco hombres subieron al monte: Moisés, Josué, Aarón y sus dos hijos Nadab y Abiú, y setenta ancianos del pueblo. Contemplaron la gloria de Dios en el monte, y comieron y bebieron en su presencia. Usted pensaría que el versículo 11 debería decir: «Vieron a Dios y cayeron sobre sus rostros en temor». Pero lo que dice es que vieron a Dios y «comieron y bebieron». Debido a la sangre sobre el altar, pudieron tener comunión con Dios y los unos con los otros. Debemos comer y beber para la gloria de Dios (1 Co 10.31), y vivir cada día en su presencia aunque no podamos estar en el monte.

Dios ordenó a Moisés que subiera más para darle las instrucciones para construir el tabernáculo y establecer el ministerio sacerdotal. Dejó a Aarón y a Hur con los ancianos y llevó a Josué consigo al entrar en la nube. Mencionando primero en Éxodo 17.9, Josué a la larga llegó a ser el sucesor de Moisés. No sabemos quién era Hur, pero él, con Aarón, ayudaron a Moisés a orar por el éxito de Josué en la batalla contra los amalecitas (Éx 17.8–16). Aarón debe haber descendido del monte, porque le hallamos en el capítulo 32 ayudando al pueblo a hacer el becerro de oro. Cuando abandonamos nuestro lugar de ministerio, no sólo pecamos, sino que podemos conducir a otros a pecar. Véase Juan 21.

En los días del AT Dios a menudo revelaba su gloria en una nube (19.9, 16). Condujo a la nación con una columna de nube y fuego (Éx 13.21–22). «Dios es fuego consumidor» (Dt 4.24; Heb 12.29). Moisés no se atrevió a acercarse a Dios sino hasta que Él lo llamó, pero cuando lo hizo, Moisés obedeció.

Es posible creer en Dios y ser parte de su pacto y sin embargo no estar cerca de Él. La nación estaba ante el monte; los setenta ancianos con Aarón, Hur, Nadab y Abiú estaban más arriba; Moisés subió aún más con su ayudante Josué; y entonces Moisés dejó a Josué detrás al entrar en la nube a la presencia del Señor. Bajo la ley, Dios determinaba cuánto podía acercársele el pueblo. Pero bajo la gracia somos nosotros los que determinamos cuán cerca queremos estar de Dios. Dios nos invita a tener comunión con Él. Los ancianos adoraban a Dios «de lejos» (v. 1), pero hoy se nos invita a «acercarnos» (Heb 10.22; Stg 4.8). Qué privilegio es tener comunión con Dios y qué tragedia es que demasiado a menudo fallamos al no pasar tiempo en su presencia.

A Nadab y Abiú se les dio el privilegio de ver la gloria de Dios, y sin embargo años más tarde con presunción desobedecieron a Dios y murieron (Lv 10.1–5). Es posible acercarse a Dios y con todo alejarse y pecar. Cuán importante es que nuestra adoración personal al Señor resulte en un corazón limpio y en un espíritu recto (Sal 51.10), porque grandes privilegios traen consigo responsabilidades aún mayores.